La que educa (y entretiene)
Sospecho que sin la inscripción del verdadero itinerario (mentido, negado, disfrazado en La razón de mi vida) de Eva Duarte en el imaginario argentino, sería imposible siquiera soñar el último artefacto de nuestro recorrido, también rubricado por una firma facsimilar femenina en el prólogo, firma también de personaje-otro, de nombre adoptado. Por el momento, no importa quien habla. Basta con saber que se trata de un libro en prosa publicado en 1997.
En cuanto a la distinción y a la elegancia, supongo que todo el mundo aspira a tener estas cualidades, sin embargo, este es un terreno minado, una zona llena de trampas mortales. Pareciera que se puede enseñar a cocinar un plato o a poner una mesa, pero nunca a ser elegantes ni tampoco a ser, sencillamente, bien educados. Son características que se dan por supuestas – no entiendo porqué – o acaso son cosas que, según la tendencia de la época, no se pueden enseñar: se tienen o no se tienen.
Pero lo cierto es que, al menos en alguna medida, la distinción y la elegancia sí se pueden aprender. Si bien la “elegancia y la distinción” son dones de la naturaleza, cuando no son totalmente perfectos con esfuerzo y tesón se pueden mejorar. Y para lograrlo hay que esmerarse por evitar en todos los casos el vicio de la afectación, que no es otra cosa que esa manía por intentar parecer mejor que los demás. Por el contrario, lo más importante en cualquier ocasión y frente a todo tipo de personas, es manejarse siempre con soltura y naturalidad, con corrección y cortesía. (p. 10)
Separadas por ciento quince años, se hacen oír de nuevo aquí, en gran medida, tópicos, ideas e incluso una retórica muy cercanas a las de Eduarda Mansilla: la elegancia como valor, la elegancia no como esencia sino como potencialidad “cultivable” y el rechazo de la afectación como elegancia excesiva (recuérdese el ridículo de las demasiado reverentes yankees frente a los nobles europeos en M 101-102). ¿Por qué habría de ser “necesario”, entonces, el itinerario de Eva Duarte?
Es momento de revelar la fuente. La cita anterior corresponde a la – hasta ahora – única obra en prosa de quien en la biografía de solapa se declara “bautizada” Rosa María Juana Martínez Suárez, y nacida en Villa Cañás, provincia de Santa Fe (es decir, no en la “lujosa” sociedad porteña de Eduarda sino en el “sencillo” interior). No obstante, aunque resucite – como al famoso y desconocido piojo – un triple nombre con doble apellido para la solapa (y todas sus implicancias), firma el libro con el mismo nombre con que se desempeña en el arte de la performance: Mirtha Legrand. El título es rotundo: El libro de oro de (lo que sigue en letras doradas resaltadas con sombra negra) Mirtha Legrand.
Al igual que sus predecesoras, Mirtha escribe desde su experiencia (“Lo digo después de treinta años de experiencia al frente de mis queridos almuerzos”, L 10), pero lleva al límite la metamorfosis de la experiencia en lección que aparecía en Eva Perón. El subtítulo de la obra deja en claro el propósito eminentemente propedéutico: Cómo vivir con elegancia y recibir con distinción. Lectura de supermercado que promete revelar “pequeños y grandes secretos”, El libro de oro de Mirtha Legrand ahorra a sus lectoras, potenciales anfitrionas, las fatigas, las demoras y los retrasos del relato, para ofrecerles, en solo setenta y siete páginas, todo lo que deben saber acerca del arte de recibir (“… todo está aquí”, afirma lacónicamente; L 11). Por si fuera poco, cada subcapítulo trae al final un resumen sintético y apretado de los puntos principales enunciados como máximas: “Las reglas de oro”.
De terminarse allí, no pasaría de ser un libro de protocolo menor (berreta, “grasita” si se quiere). Y esto, de por sí – un “libro de protocolo grasa”, con su carácter de oxímoron aparente – debería recordarnos lo que se insinuaba en Eva Duarte: la apropiación de un código negado, la impostura (como intersección opaca entre problemas “de mujer” y “de clase”). Pero Mirtha va más allá, mucho más allá. Luego de “Los secretos de la anfitriona perfecta” vienen ciento veintisiete páginas de recetas “para lucirse”, claramente delimitadas como segunda parte (“Los menús de los almuerzos y sus recetas”). En esa articulación en díptico, la señora anuda audazmente la elegancia como acción pública con la esfera doméstica y ordinaria de la cocina, retomando incluso la voz popular y censurada de la “superstición”:
Y a la hora de recibir no olvide releer mis consejos y secretos porque, como siempre digo, este libro, al igual que mi programa, ¡trae suerte! (L 11)
La mujer elegante 1997 es la menos ingenua y la más descarada, la más autoconsciente, la que tiene completa y totalmente en claro que la elegancia se enuncia como valor pero funciona pragmática y estratégicamente. Nos gusta, sí, invitar gente a nuestra casa, recibir a quienes estimamos y agasajarlos (demostrar afecto). Pero también queremos lucirnos, y allí encontramos una gran fuente de ganancia:
En todo caso no hace falta subrayar la importancia extraordinaria que siempre ha tenido la buena mesa en las relaciones sociales ya que desde tiempos inmemoriales se han celebrado con grandes banquetes hechos históricos decisivos y lo mismo ocurre en el ámbito empresarial y en el privado, en donde festejamos con grandes comidas acontecimientos decisivos como un ascenso, la llegada de un nuevo integrante a la familia o un cumpleaños. (L 9)
El anudamiento estratégico del orden público con la esfera doméstica invierte el sentido de los desplazamientos: la mujer elegante ya no viaja, no necesita salir de su casa, no está (como Eduarda) lanzada al mundo ni tampoco (como la mujer peronista) lanzada a los demás. Logra, au contraire, que el mundo y los demás sean in-yectados hacia su propia casa mediante un arma letal e infalible: la invitación y la promesa de ofrecer “momentos tan gratos como inolvidables”. En realidad, la grata velada es una trampa, una telaraña. Ya desde el principio, mientras evalúa cuántos deben ser los invitados, deja ver sus intenciones:
… podemos decir que una comida [con amigos] perfecta es aquella que se brinda para un número no mayor de seis personas. Es la cantidad adecuada para mantener todo bajo control. (L 15)
Es la anfitriona quien dispone los sitios a la mesa, marcándolos escriturariamente (con tarjetas) si lo cree necesario. ¡Y cuidado con desobedecer al orden impuesto por la señora! “Si alguien se confunde y se sienta en un lugar reservado a los dueños de casa” – que, curiosamente, son los únicos que se sustraen a esa marcación escrituraria, a ese poner por escrito el lugar pre-asignado – “con toda amabilidad se lo invitará a leer las tarjetas y a acomodarse en el sitio previsto”. “Con toda amabilidad”, la anfitriona domina la escena, imponiendo la ley de la cortesía. La distribución de los sitios, a su vez, busca “que todos se integren a una conversación general”, cuyo ritmo controla la imperturbable señora, y evitar todo conflicto o discusión. “Más allá de las diferencias sociales, económicas o culturales, los invitados deben tratar de contemporizar sus opiniones para pasar una velada agradable” (L 20). Y si tanto esfuerzo conciliador falla, entonces habrá que aplicar esa dura violencia: la sonrisa:
De todos modos, si en algún momento de la comida se produce algún roce, alguien eleva más de lo indicado el tono de voz o dicen algo inconveniente, le sugiero que, con mucho tacto, intervenga. Usted es la anfitriona y no puede permitir que la comida se vaya de sus manos. Ya que no puede ir a un corte publicitario para calmar los ánimos interrumpa con delicadeza y hágales notar a los comensales, con una sonrisa, que es conveniente cambiar de tema. (L 21)
Inmediatamente, para rematar, trae a colación parte de su experiencia que, funcionando como metáfora, termina de dejar las cosas en claro:
Recuerdo una época en la que, para poner orden en mis almuerzos, agitaba una pequeña campana. Era algo divertido y realmente me daba buen resultado. (L 21)
Los invitados, aquellos a quienes se propone “agasajar”, han sido en realidad atraídos para servir a la señora. Como Maquiavelo al príncipe, Mirtha le dice al oído a la anfitriona que conviene ser amada y temida, pero de última, si hay que elegir… ya sabemos qué conviene. Su retrato se vuelve cada vez más duro, más insensible:
Para que ellos [sus hijos] no se sientan rechazados (y usted, culpable) según la edad que tengan, ofrézcales una compensación. Puede ser un paseo, enviarlos a jugar o dormir a casa de un amiguito, prometerles guardar alguna porción del rico postre o… en fin, usted conoce a sus hijos y sabe cómo premiarlos. (L 22)
Esta mujer capaz de extorsionar a sus propios hijos, ya lo dije, es la mujer elegante más autoconciente. Como tal, atrae a sus invitados ofreciéndoles “una agradable velada en casa”, calor de hogar, pero no se engaña a sí misma. Sabe que su domicilio, en ese momento, pasa a transformarse en espacio público, y lo prepara como tal: elimina a los niños, elimina a las mascotas, divide a los matrimonios para que “charlen con otras personas”, alquila (o compra) mantelería, flores, velas, vajilla, cristalería, cubiertos, percheros (“Si los invitados son muchos, alquile percheros. Hay casas que se ocupan de este tema y tienen los más variados tamaños y modelos. Incluso algunos son plegables, desmontables, y hasta vienen con perchas y números correspondientes”; L 40) y el “muy importante” arreglo floral.
Controla todo: que los utensilios sean adecuados, que combinen entre sí, que los invitados tengan dónde estacionar su automóvil, que el pan no esté húmedo, que suene música de fondo agradable y distendida, que su vestuario sea impecable (“Arréglese como una novia”, L 41; imperativo categórico de innegable cuño popular), que los invitados en caso de no conocerse sean presentados y se sientan a gusto, que nadie llegue demasiado tarde y que – por otra parte – el resto de los invitados no deba esperar demasiado debido a un impuntual, que nadie hable mal del impuntual, que el impuntual se disculpe frente a los demás (y si no lo hace reciba su merecido castigo), que la comida no se arruine, que la comida servida en el aperitivo no sea demasiada, que haya abundante hielo (“aun en invierno”), que la duración de cada momento de la comida (del aperitivo a la sobremesa) sea la indicada, que haya ceniceros a mano, que los ceniceros vayan vaciándose para evitar que el aire se envicie… y recién vamos por la mitad, la lista podría continuar.
Es fácil advertir, si se admite el pleonasmo, que la anfitriona perfecta es retentiva, anal y obsesiva. Como tal, es víctima de esta voluntad de poder que despliega sobre los otros, la vive como una serie interminable de tareas duras y agotadoras, vive su deseo como esclavitud. No teme, como Eduarda, ser vista como un cache por Fulana o Mengana; teme serlo, es decir, ser vista como tal por el Orden mismo (quedando, en el acto, así constituida). Su miedo (que le arruinen la noche) es el fantasma sádico que la persigue como relato, transferido y proyectado, de su propio deseo reprimido: arruinarle la soirée a todo el mundo, a ese mundo donde no tiene inscripción salvo que recurra al semblante de la anfitriona para que, confiado, el mundo vaya a ella y se duplique en el comedor de su casa (como mundo empequeñecido, liso, librado de ambigüedad, un mundo como página en blanco sobre el cual pueda escribir su texto). El oscuro deseo de la anfitriona es hacer una escena.
Quiso ser anfitriona para decir, para devenir-sujeto, pero terminó tan presa como sus invitados de la misma red que tejió con reglas. Su mayor tragedia – al igual que ocurre en los mitos de genios y lámparas maravillosas – es el cumplimiento de sus propósitos: no hubo escenas ni agujeros, el mundo “entró” en su casa y se fue contento, no cambió nada, no logró mayor ganancia que la satisfacción de saber que no es lo que no debe ser. Qué deba, pueda o quiera ser quedó en suspenso, y a todo esto la casa quedó hecha una mugre, los platos amontonados en la pileta, lo alquilado esperando ser devuelto y los niños aguardando el cumplimiento de aquella recompensa extorsiva: pura deuda, pura falta. En la buena anfitriona como respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer elegante? se apaga, cae, la pregunta ¿qué es una mujer? Está tan volcada a Otro como la mujer peronista: solo le queda servir. Y sirve con bronca, con rabia, sirve sádicamente.
Ocurre que El libro de oro de Mirtha Legrand, bajo la apariencia democrática de extender la elegancia – como “el arte de recibir” (nótese el grado de pasividad supuesto de antemano) – a las “masas”, es tan tributario de una doble lógica como lo era La razón de mi vida. La analogía establecida en otro momento con El príncipe de Maquiavelo es ahora reveladora: en esta oportunidad, no es un súbdito quien se dirige al poderoso, sino un poderoso quien se dirige al súbdito. Mirtha no dice “si yo estuviera en su lugar, haría tal cosa”, dice “yo hago tal cosa, usted también puede hacerla”.
Vivir con elegancia y distinción es una posibilidad que todos tenemos y que no está ligada al poder adquisitivo sino a la riqueza de nuestro espíritu y nuestro afán por mejorar (contratapa, también con firma facsimilar).
En principio, podría objetarse que la frase de Mirtha es “ideológica” (en el sentido de ocultamiento, segunda naturaleza, etcétera), que esconde la diferencia entre intentar ser anfitriona con o sin un ejército de “personal de servicio”. Pero la frase de Mirtha, en realidad, es más interesante por aquello que ilumina que por lo que oscurece: muestra que sea como fuere, sin importar esas condiciones, la anfitriona no usa un código sino que lo soporta, lo sufre.
Olvídese de mis almuerzos que son un acontecimiento público donde, muchas veces, las polémicas resultan interesantes y enriquecedoras. Usted está en el comedor de su casa y no querrá improvisar un talk-show de esos que ahora se ven tanto ni tampoco puede permitir que la mesa se convierta en un campo de batalla. (L 19)
¿Por qué, mas allá del uso del imperativo, si quiere que nos olvidemos de sus almuerzos Mirtha nos los recuerda? Porque su escritura no está separada de su performance, se retroalimentan y conforman una verdadera unidad; en realidad no hay que olvidarlos sino tenerlos en mente todo el tiempo. Con titánica insistencia, en el libro se intercalan unas treinta fotografías a todo color en papel ilustración; fotografías del estudio (esa otra página en blanco) y fotografías de Mirtha con un número apabullante de invitados. ¿Qué hace esa foto de Mirtha junto a Catherine Deneuve al lado de la receta del Espumone de frutilla, si no tiene nada que ver? ¿Y aquella otra en que se abraza a Daniel Tinayre junto a las reglas del almuerzo de fin de semana? ¡Tampoco tiene nada que ver!
Error: tiene todo que ver; tiene que ver todo, señora. El libro y la performance trabajan sobre el efecto de contraste. ¿Cuándo se ha visto a Mirtha no hacer la escena? ¿Cuándo se la ha visto comportarse como “la anfitriona perfecta”? Luego de treinta años de almuerzos, Mirtha muestra lo aprendido: en su intento de extender la elegancia a las caches no solo descubrió que tal cosa dista de ser propiamente estratégica para las caches, sino que además logró ver aquello que la elegancia produce como tortura. Vio, con claridad meridiana, el cáncer de Eva Perón: la elegancia pensada como apropiación estratégica para devenir-sujeto no tiene sentido si se la mantiene escindida de aquello que propiamente se quiere, escindida del propio deseo (por eso, contrario a Eva Perón/Evita, Mirtha Legrand y Chiquita son sinónimos, nunca opuestos). La única vía para devenir-mujer es reponer el melodrama en la “fría comedia oligarca”. Hay que usar la elegancia como fondo sobre el cual se restituye el deseo, como cosa que se impone a los otros pero nunca a sí misma. La mujer gana, como descubrió lateralmente Eduarda, sometiendo a todos a la elegancia pero permitiéndose a sí misma “hacer la escena”.
La cita anterior, la que falsamente abría con un “olvídese de mis almuerzos”, se resignifica entonces a partir de la introducción de esos elementos extraños (las fotografías) como piezas que dejan al descubierto su carácter no-cerrado, que lo abren, que lo desarman a partir de una práctica significante distinta de la escrituraria, una práctica de imágenes, una práctica iconográfica. Las polémicas son interesantes y enriquecedoras, señora, no puede permitir que la mesa se convierta (sola) en un campo de batalla ¡tome la iniciativa! Con maestría, Mirtha ilustra la violencia fundacional que implica la constitución del sujeto. Sólo es posible devenir-mujer practicando la histeria, la escena, el grito, siendo “brava”. Cuando sea Mirtha, señora, no se olvide de Chiquita.