La pasajera
El aparecer constante de la pregunta ¿qué es (ser) una mujer elegante? en Recuerdos de viaje está en relación directa con la manifiesta incomodidad que Eduarda Mansilla experimenta en los Estados Unidos ya desde su desembarco. Según ella misma quiere explicarse allí:
Llegar á una ciudad, donde nadie nos espera, produce dolorosa impresión en el ánimo del viajero bisoño, y casi le hace arrepentirse del triste placer del viajar, como dice madame de Stael. (M 26)
Más adelante, se permite ser más precisa:
Nada hay más grato que volver a Paris; creo, lo afirmo, la impresión que se recibe al ver la Capital de la Francia por vez primera, no es tan intensa ni tan completa, como la que se siente al volver á verla (M 27)
La perturba no conocer, no saber de antemano, desembarcar no en una ciudad sino en una “mágica palabra” (Nueva York). Desconocido, ese espacio es simplemente “tierra”, y para acentuar el problema del des-conocimiento Eduarda se permite compararlo con las aguas del Leteo: antes de llegar allí, conocía; apenas pisé tierra, cesó el conocimiento en mí. Insinúa una paradoja: viajar para conocer implica viajar para desconocer (a diferencia del viajar para re-conocer que permite París). Con una ingenuidad conmovedora, posible solo en las conciencias ante-freudianas, Eduarda se permite incluso registrar por qué la perturba no conocer:
Cosa curiosa; se llega á un país donde no se conoce alma viviente, y no obstante, la idea de agradar surge como esas generaciones espontáneas de que nos hablan los fisiólogos. (M 25)
Des-conocer perturba porque no se sabe entonces cómo agradar; lo que le molesta a Eduarda no es tanto el desconocimiento del lugar, del paisaje, sino el desconocimiento de las leyes simbólicas que allí rigen, el desconocimiento de la respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer elegante? Significativamente, ella misma anuda el problema en relación al orden simbólico, su inglés “resultó ser tan poco, que… no entendía jota de lo que decían”. Con la misma ingenuidad con que dio cuenta de su voluntad de agradar, deja constancia del carácter eminentemente sintomal de este “no entender jota” en una audaz repetición del motivo del Leteo: en casa era “el intérprete natural de la familia, la niña políglota”, en casa sabía inglés, pero allí no. Desprovista – por desconocimiento de las normas – de su elegancia, la mirada de los demás la transforma en un (adviértase la pérdida de condición femenina) “cache”, y pierde el acceso al lenguaje. “Lo simbólico da una forma en la que se inserta el sujeto a nivel de su ser. El sujeto se reconoce como siendo esto o lo otro a partir de un significante”(Lacan). Pierde, in short, su ser–mujer, que solo recupera en contactos ocasionales con franceses u otros latinos, y cuando luego de su gran periplo de descubrimiento, de inicación, vuelve a Nueva York:
Volver á una ciudad como Nueva York, es siempre grato, y sobre todo lo es pasar de Union Hotel en Saratoga, al confortable Clarendon.
Con indecible placer penetré en el fresco Hall hospitalario y recibí las sonrisas de los amables waiters, que parecian todos decirme: I know you, (la conozco) en tanto, me ofrecian galantes el ancho abanico japonés, su inseparable compañero. (M 169)
El itinerario de su viaje por los Estados Unidos comienza en Nueva York y termina en Nueva York, describiendo un círculo que tiene mucho de hermenéutico alla Heidegger: arrojada en “tierra”, Eduarda se ve en el compromiso de re-articular sobre el espacio (interpretar) la pre-comprensión de los Estados Unidos que ya traía en su dominio de la lengua inglesa, así como también en el de re-articular su comprensión de la elegancia. Ahora sí, segura de haber recuperado la “elegancia” y, con ella, su posición de sujeto, está lista para su soñada compensación: “Boston, esa Atenas de la Union Americana”. Antes hubiese sido inadmisible: que a una la miren como un cache damas que a su vez una puede mirar como caches, vaya y pase; pero que a una la miren como un cache en la “Atenas”, ese espacio donde los sujetos están pre-comprendidos en la posición del saber, es intolerable.
En este gesto, Eduarda Mansilla no solo prescribe una estrategia para devenir-mujer (es decir, para constituir un sujeto femenino) sino que además, siendo la elegancia el ámbito de competencia de las mujeres, establece la importancia de su empresa para todos. De hecho, el libro no está dedicado a las mujeres sino a un hombre que viaja “de un extremo á otro de la ciudad, para aliviar a los que sufren”. Siguiendo una tópica que se mantiene incluso hasta 1997, los hombres están demasiado ocupados en las cosas “más importantes” como para prestar atención a los modales; pero por eso mismo, para no quedar ellos también como unos caches, deben escucharla a una, que es la que entiende de esas cosas.
Sin embargo, ay!, la ilusión de Eduarda no se cumple: llegan noticias de la patria que la obligan a cambiar de planes. Por si alguien se creyó que este era el viaje de una diletante, de un cache, viaje por pura trivialidad, si alguien cree que la elegancia es pura vanidad superficial, que quede en claro que una viaja por servicio (al igual que el médico amigo), llegando al punto de perderse la única compensación personal que se esperaba de tantas fatigas.
La correspondencia en sí misma “abre las heridas ya casi cicatrizadas, aviva los recuerdos apagados, borra por decirlo así, las imágenes presentes y nos transporta por algunos instantes, á esa patria ausente, á la cual permanecemos adheridos por lazos invisibles, pero, existentes…” (M 196). La correspondencia anula el “efecto Leteo”, vuelve a Eduarda conciente de su tensión entre dos órdenes simbólicos distintos y refuerza la idea de la patria como algo que “duele”, que obliga constantemente a ocuparse de ella. Una es mujer, viajera y elegante pero ante todo arjentina. Y entonces parte a Europa. A Europa, sí, en otro círculo que a su vez advierte que el viaje a los Estados Unidos está mediado: Eduarda conoce la Unión a través de Europa (de allí el enfrentamiento sajones-otros vs latinos-yo).
Sobre la hoja en blanco, ya en terreno conocido, en casa, Eduarda repite una vez más el círculo hermenéutico, su viaje, dando cuenta incluso de una diferencia de interpretación entre aquella vez que se transitó el círculo y ahora (relacionada con otro viaje posterior que promete en un segundo tomo), diferencia de interpretación que sin embargo en su momento implicó una abierta toma de partido:
En esos momentos, mi amigo Santiago Árcos, hombre de ideas liberales de alto vuelo, me escribia: Amiga mia: Vd. es sudista ahora porque es una niña y aun no ha vivido: espere a envejecer para comprender y apreciar á esos rústicos Yankees que tanto chocan su sentimiento artístico.
La profecía se cumplió, me complazco en reconocerlo, confesando mi pecado: yo era sudista. (M 197)
Ese pecado, justifica Eduarda, es entendible porque era ponerse del lado del “monopolizador de la elegancia, del refinamiento, y de la cultura” (M 198). Y ya se sabe qué les espera a las mujeres si “cae” la elegancia:
Cayó vencido, aniquilado ese Sud tan simpático á pesar de sus errores; y sus mujeres más hermosas, más educadas, más opulentas, tuvieron que vivir del trabajo de sus manos. Algunas damas de la mejor sociedad, de Nueva Orleans, se vieron reducidas á ser hasta cocineras. Expiación horrenda! (M 198)
Su simpatía por el Sud, en realidad, no es más que mayor simpatía por un código de elegancia (el latino, el propio) que por otro (el sajón). Pero la practicidad marca el rumbo: después de la caída del Sud, “surgian ya en el Oeste los grandes elementos de vida que debian darle [a la Union] nuevas fuentes de riqueza y poderío. Allá en el Illinois crecia Chicago … el asombro de los tiempos modernos, y al cual los antiguos habrian de seguro dado el nombre de nueva maravilla” (M 196-197). Hacia el final de su libro, entonces, Eduarda preanuncia los itinerarios de los viajes por venir (así como también de los trazados del orden simbólico de la elegancia): no será ya de Europa a los Estados Unidos, sino de los Estados Unidos a Europa.
En concordancia, el cambio “que se viene” para las mujeres elegantes es el paso de la aristócrata despreocupada a la burguesa profesionalizada, representada fundamentalmente para Eduarda por las reporters.
En ello ademas, las mujeres tienen un medio honrado é intelectual para ganar su vida: y se emancipan así de la cruel servidumbre de la aguja, servidumbre terrible desde la invención de las máquinas de coser. (M 121)
¿Y a qué géneros se dedican las reporters, en vez de coser y bordar? Eduarda menciona dos al pasar – “los artículos de los Domingos”, es decir “meditaciones”, y las traducciones de primeros capítulos de novedades editoriales – para detenerse en un tercero, al que dedica mayor interés: la crónica social.
Son… ellas las que dan cuenta cabal y exacta de las fiestas, cuyos detalles finísimos y acabados llevan el sello del connaisseur. Reporters femeninos, son los que describen con amore el color de los trajes de las damas, su corte, sus bellezas, sus misterios, sus defectos; y á fe que lo hacen concienzuda y científicamente. (M 120-121)
Las reporters se emancipan de la cruel servidumbre de la aguja haciendo de la costura materia opinable, periodística y, por ende, pública. Ganan, así, una emancipación que Eduarda se construye para sí misma mediante el audaz escamoteo de su marido: “por lo general, son jóvenes de dieciocho á veinte años”, es decir (teniendo en cuenta lo que pocos capítulos antes dijo respecto de las edades de las yankees), solteras.
Y van aun más allá: no solo hacen de la aguja su ciencia, ella es también su florete. El periodismo femenino, que se abre las puertas de los salones de baile a fuerza de gasa y de muselina, aéreo y elegante, “no se crea… que se compone puramente de miel y ambrosía. Oh no!” (M 122) Con aparente tono condenatorio (tono de apariencia, tono de elegancia), hace constar que las reporters pueden decir “cosas atroces” hasta del Cuerpo Diplomático, que lejos de ser inofensivas son “detalles penosísimos, no solo para la víctima, sino hasta para sus colegas favorecidos”, es decir, penosísimos para la institución en su conjunto. La consigna, entonces, es clara: haciendo de la máquina de escribir, y no de la máquina de coser, la continuidad de la aguja, la mujer cose su sujeto sobre un traje que no tiene lugar para ella, abriéndole agujeros con cada puntada.