introito


Una clase no comienza a crear toda la cultura desde el principio,
sino que se apodera de lo anterior, lo selecciona, lo retoca,
lo rehace a su modo y sigue construyendo a partir de ahí.

León Trotsky, “La escuela formalista de poesía y el marxismo”


Es preciso no olvidarse de que la “estética” popular es una “estética” dominada,
que incesantemente está obligada a definirse en relación con las estéticas dominantes.
Nopudiendoni ignorar la estética culta que recusa su “estética” ni renunciara sus inclinacionessociales condicionadas y menos aún proclamarlas o legitimarlas,
los miembros de las clases populares (y sobre todo las mujeres)
viven frecuentemente en el desdoblamiento su relación con las normas estéticas.

Pierre Bourdieu, La distinción (p. 38n, el destacado me pertenece)


El corpus de trabajo intelectual e imaginativo
que cada generación recibe con el carácter de cultura tradicional
es siempre y por fuerza algo más que el producto de una sola clase.

Raymond Williams, Cultura y sociedad (p. 262)


SIR ROBERT CHILTERN: You prefer to be natural?

MRS. CHEVELEY: Sometimes. But it is such a very difficult pose to keep up.

Sir RC: What would those modern psychological novelist,
of whom we hear so much, say to such a theory as that?

Mrs. C: Ah! The strength of women comes from the fact that psychology cannot explain us. Men can be analysed, women… merely adored.

Sir RC: You think science cannot grapple with the problem of women?

Mrs. C: Science can never grapple with the irrational.
That is why it has no future before it, in this world.

Sir RC: And women represent the irrational.

Mrs. C: Well-dressed women do.

Oscar Wilde, An Ideal Husband (pp. 519-520)

La pregunta histórica



Repuesta, Stella Dallas decide romper el aislamiento al que un inoportuno malestar la ha sometido y disfrutar, por fin, de las merecidas vacaciones que ha decidido compartir con su amada y distinguida hija Laurel. El vestido, ceñido al talle, es estampado y muy colorido, salvo las solapas del cuello (que vuelcan hacia fuera) y las mangas hasta los codos (que caen de hombros alzados), en tono oscuro. Un moño negro a la cabeza, sobre los rulos ensortijados, sostiene un corto velo de red, también negro. Haciendo juego, cartera-sobre y zapatos de charol, tan nuevos que taconean al compás de las pulseras de uno y otro brazo. Completan el conjunto un collar de perlas y un par de guantes blancos largos. Barbara Stanwyck se mira al espejo, vacila, vuelve sobre sus pasos y se cuelga al cuello una larga estola blanca de piel antes de salir de la habitación. A su paso, los demás huéspedes del lujoso resort se vuelven a mirarla, entre risueños y horrorizados. “More than a woman, it’s a Christmas tree”.

La compañera del presidente [Lincoln], formaba contraste con su marido; era una mujer rechoncha, en extremo vulgar y antipática, llena de chiches comunes, que se armonizaban perfectamente con su figura pretenciosa y anti-artística… (Mansilla 87)
…reconozco, por mucho que me duela, que el elemento femenino fijaba en mí esas miradas frias y rápidas que comprendemos desde luego las mujeres, y que significan en buen castellano: Quién es este cache? (M 164)


¿Qué es (ser) una mujer elegante? La pregunta se hace oír, indiscreta y chismosa, una y otra vez a lo largo de Recuerdos de viaje (1882), no solo acerca de “las otras” sino también de “una”, preocupando sobremanera a Eduarda Mansilla, amenazándola incluso. Pero no solo a ella. La pregunta histórica reaparece en los más diversos artefactos culturales: la sorprendente ascensión de la vulgar señora de Verdurin tal vez sea el punto medio entre una cuestión que se abre sobre Emma Bovary y no encuentra sutura hasta nuestros días. La elección de ejemplos franceses, aquí, no es casual. En tanto esta pregunta no tiene sentido sino en sociedades donde aparece – como posibilidad real o imaginaria – el fenómeno de la movilidad social, es procedente hacerla comenzar a sonar en el espacio topográfico donde el recambio de poder entre aristocracia y burguesía se inscribió como corte.
Desde luego, la pregunta por lo elegante es de más antiguo cuño. No obstante, de lo que aquí se trata, en principio, es del momento en que esa pregunta deja de referirse exclusivamente a un valor innato o natural y pasa a referirse a un conjunto de prácticas – o, para ser más exactos, de modalidades de prácticas – susceptible de ser incorporado por personas que lo desconocen (de allí su relación con la movilidad social). A esto debe sumarse que no se trata de “sujetos”, en general, sino de sujetos específicamente femeninos. ¿Qué es una mujer elegante?
El presente trabajo rastrea la historia de esa pregunta como síntoma en tres artefactos de la cultura rioplatense por demás diversos entre sí, unificados por su circulación en un mismo tipo de soporte, el libro. Más allá de su heterogeneidad, la coincidencia los unifica como documentos de una labor precisa: la práctica escrituraria. Siguiendo a Michel de Certeau, tres elementos resultan entonces decisivos: la página en blanco como lugar propio desembarazado de las ambigüedades del mundo, el texto que allí se constituye como práctica itinerante, progresiva y regulada y, finalmente, la pretensión del juego escriturario de “remitir a la realidad de la cual se ha diferenciado con vistas a cambiarla” , es decir, su pretendida eficacia social.
Hay también otra coincidencia: en los tres la pregunta está relacionada con desplazamientos, itinerarios y trayectos, con la relación entre viajar y contar. De uno a otro, a su vez, el lugar mismo de la mujer elegante se desplaza, dejando en evidencia un itinerario complejo que va reorganizando el espacio femenino. Lo que conserva la unidad de la pregunta – en el abismo que va de la mujer elegante 1882 a la mujer elegante 1997 – es su indisociable relación con el “yo”. En ella resuena y se repite simultáneamente otra pregunta: ¿qué es (ser) una mujer? (Lacan)
En su contundente “Well-dressed women do”, Wilde documenta cómo lo diferencial de la mujer
– “the irrational”, la sensibilidad, la histeria – depende directamente del problema de la elegancia. Si la pregunta ¿Qué es (ser) una mujer elegante? tiene sentido es porque se intuye en ella una respuesta a la pregunta por qué sea (ser) una mujer, un dominio específico sometido a su arbitrio. En la constitución de la elegancia como esfera de incumbencia femenina, las mujeres encuentran un agujero que les permite ser jueces de algo en la sociedad, les permite ser sujetos (y dejar al hombre no solo al margen sino además sometido a sus dictados). “No se nace mujer; llega una a serlo"(de Bouvoir). Lo que está en juego en la pregunta que nos guía, entonces, es el devenir-mujer en la cultura argentina: sus alcances, posibilidades y restricciones.

La pasajera



El aparecer constante de la pregunta ¿qué es (ser) una mujer elegante? en Recuerdos de viaje está en relación directa con la manifiesta incomodidad que Eduarda Mansilla experimenta en los Estados Unidos ya desde su desembarco. Según ella misma quiere explicarse allí:

Llegar á una ciudad, donde nadie nos espera, produce dolorosa impresión en el ánimo del viajero bisoño, y casi le hace arrepentirse del triste placer del viajar, como dice madame de Stael. (M 26)


Más adelante, se permite ser más precisa:

Nada hay más grato que volver a Paris; creo, lo afirmo, la impresión que se recibe al ver la Capital de la Francia por vez primera, no es tan intensa ni tan completa, como la que se siente al volver á verla (M 27)


La perturba no conocer, no saber de antemano, desembarcar no en una ciudad sino en una “mágica palabra” (Nueva York). Desconocido, ese espacio es simplemente “tierra”, y para acentuar el problema del des-conocimiento Eduarda se permite compararlo con las aguas del Leteo: antes de llegar allí, conocía; apenas pisé tierra, cesó el conocimiento en mí. Insinúa una paradoja: viajar para conocer implica viajar para desconocer (a diferencia del viajar para re-conocer que permite París). Con una ingenuidad conmovedora, posible solo en las conciencias ante-freudianas, Eduarda se permite incluso registrar por qué la perturba no conocer:

Cosa curiosa; se llega á un país donde no se conoce alma viviente, y no obstante, la idea de agradar surge como esas generaciones espontáneas de que nos hablan los fisiólogos. (M 25)


Des-conocer perturba porque no se sabe entonces cómo agradar; lo que le molesta a Eduarda no es tanto el desconocimiento del lugar, del paisaje, sino el desconocimiento de las leyes simbólicas que allí rigen, el desconocimiento de la respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer elegante? Significativamente, ella misma anuda el problema en relación al orden simbólico, su inglés “resultó ser tan poco, que… no entendía jota de lo que decían”. Con la misma ingenuidad con que dio cuenta de su voluntad de agradar, deja constancia del carácter eminentemente sintomal de este “no entender jota” en una audaz repetición del motivo del Leteo: en casa era “el intérprete natural de la familia, la niña políglota”, en casa sabía inglés, pero allí no. Desprovista – por desconocimiento de las normas – de su elegancia, la mirada de los demás la transforma en un (adviértase la pérdida de condición femenina) “cache”, y pierde el acceso al lenguaje. “Lo simbólico da una forma en la que se inserta el sujeto a nivel de su ser. El sujeto se reconoce como siendo esto o lo otro a partir de un significante”(Lacan). Pierde, in short, su ser–mujer, que solo recupera en contactos ocasionales con franceses u otros latinos, y cuando luego de su gran periplo de descubrimiento, de inicación, vuelve a Nueva York:

Volver á una ciudad como Nueva York, es siempre grato, y sobre todo lo es pasar de Union Hotel en Saratoga, al confortable Clarendon.
Con indecible placer penetré en el fresco Hall hospitalario y recibí las sonrisas de los amables waiters, que parecian todos decirme: I know you, (la conozco) en tanto, me ofrecian galantes el ancho abanico japonés, su inseparable compañero. (M 169)


El itinerario de su viaje por los Estados Unidos comienza en Nueva York y termina en Nueva York, describiendo un círculo que tiene mucho de hermenéutico alla Heidegger: arrojada en “tierra”, Eduarda se ve en el compromiso de re-articular sobre el espacio (interpretar) la pre-comprensión de los Estados Unidos que ya traía en su dominio de la lengua inglesa, así como también en el de re-articular su comprensión de la elegancia. Ahora sí, segura de haber recuperado la “elegancia” y, con ella, su posición de sujeto, está lista para su soñada compensación: “Boston, esa Atenas de la Union Americana”. Antes hubiese sido inadmisible: que a una la miren como un cache damas que a su vez una puede mirar como caches, vaya y pase; pero que a una la miren como un cache en la “Atenas”, ese espacio donde los sujetos están pre-comprendidos en la posición del saber, es intolerable.
En este gesto, Eduarda Mansilla no solo prescribe una estrategia para devenir-mujer (es decir, para constituir un sujeto femenino) sino que además, siendo la elegancia el ámbito de competencia de las mujeres, establece la importancia de su empresa para todos. De hecho, el libro no está dedicado a las mujeres sino a un hombre que viaja “de un extremo á otro de la ciudad, para aliviar a los que sufren”. Siguiendo una tópica que se mantiene incluso hasta 1997, los hombres están demasiado ocupados en las cosas “más importantes” como para prestar atención a los modales; pero por eso mismo, para no quedar ellos también como unos caches, deben escucharla a una, que es la que entiende de esas cosas.
Sin embargo, ay!, la ilusión de Eduarda no se cumple: llegan noticias de la patria que la obligan a cambiar de planes. Por si alguien se creyó que este era el viaje de una diletante, de un cache, viaje por pura trivialidad, si alguien cree que la elegancia es pura vanidad superficial, que quede en claro que una viaja por servicio (al igual que el médico amigo), llegando al punto de perderse la única compensación personal que se esperaba de tantas fatigas.
La correspondencia en sí misma “abre las heridas ya casi cicatrizadas, aviva los recuerdos apagados, borra por decirlo así, las imágenes presentes y nos transporta por algunos instantes, á esa patria ausente, á la cual permanecemos adheridos por lazos invisibles, pero, existentes…” (M 196). La correspondencia anula el “efecto Leteo”, vuelve a Eduarda conciente de su tensión entre dos órdenes simbólicos distintos y refuerza la idea de la patria como algo que “duele”, que obliga constantemente a ocuparse de ella. Una es mujer, viajera y elegante pero ante todo arjentina. Y entonces parte a Europa. A Europa, sí, en otro círculo que a su vez advierte que el viaje a los Estados Unidos está mediado: Eduarda conoce la Unión a través de Europa (de allí el enfrentamiento sajones-otros vs latinos-yo).
Sobre la hoja en blanco, ya en terreno conocido, en casa, Eduarda repite una vez más el círculo hermenéutico, su viaje, dando cuenta incluso de una diferencia de interpretación entre aquella vez que se transitó el círculo y ahora (relacionada con otro viaje posterior que promete en un segundo tomo), diferencia de interpretación que sin embargo en su momento implicó una abierta toma de partido:

En esos momentos, mi amigo Santiago Árcos, hombre de ideas liberales de alto vuelo, me escribia: Amiga mia: Vd. es sudista ahora porque es una niña y aun no ha vivido: espere a envejecer para comprender y apreciar á esos rústicos Yankees que tanto chocan su sentimiento artístico.
La profecía se cumplió, me complazco en reconocerlo, confesando mi pecado: yo era sudista. (M 197)


Ese pecado, justifica Eduarda, es entendible porque era ponerse del lado del “monopolizador de la elegancia, del refinamiento, y de la cultura” (M 198). Y ya se sabe qué les espera a las mujeres si “cae” la elegancia:

Cayó vencido, aniquilado ese Sud tan simpático á pesar de sus errores; y sus mujeres más hermosas, más educadas, más opulentas, tuvieron que vivir del trabajo de sus manos. Algunas damas de la mejor sociedad, de Nueva Orleans, se vieron reducidas á ser hasta cocineras. Expiación horrenda! (M 198)


Su simpatía por el Sud, en realidad, no es más que mayor simpatía por un código de elegancia (el latino, el propio) que por otro (el sajón). Pero la practicidad marca el rumbo: después de la caída del Sud, “surgian ya en el Oeste los grandes elementos de vida que debian darle [a la Union] nuevas fuentes de riqueza y poderío. Allá en el Illinois crecia Chicago … el asombro de los tiempos modernos, y al cual los antiguos habrian de seguro dado el nombre de nueva maravilla” (M 196-197). Hacia el final de su libro, entonces, Eduarda preanuncia los itinerarios de los viajes por venir (así como también de los trazados del orden simbólico de la elegancia): no será ya de Europa a los Estados Unidos, sino de los Estados Unidos a Europa.
En concordancia, el cambio “que se viene” para las mujeres elegantes es el paso de la aristócrata despreocupada a la burguesa profesionalizada, representada fundamentalmente para Eduarda por las reporters.

En ello ademas, las mujeres tienen un medio honrado é intelectual para ganar su vida: y se emancipan así de la cruel servidumbre de la aguja, servidumbre terrible desde la invención de las máquinas de coser. (M 121)


¿Y a qué géneros se dedican las reporters, en vez de coser y bordar? Eduarda menciona dos al pasar – “los artículos de los Domingos”, es decir “meditaciones”, y las traducciones de primeros capítulos de novedades editoriales – para detenerse en un tercero, al que dedica mayor interés: la crónica social.

Son… ellas las que dan cuenta cabal y exacta de las fiestas, cuyos detalles finísimos y acabados llevan el sello del connaisseur. Reporters femeninos, son los que describen con amore el color de los trajes de las damas, su corte, sus bellezas, sus misterios, sus defectos; y á fe que lo hacen concienzuda y científicamente. (M 120-121)


Las reporters se emancipan de la cruel servidumbre de la aguja haciendo de la costura materia opinable, periodística y, por ende, pública. Ganan, así, una emancipación que Eduarda se construye para sí misma mediante el audaz escamoteo de su marido: “por lo general, son jóvenes de dieciocho á veinte años”, es decir (teniendo en cuenta lo que pocos capítulos antes dijo respecto de las edades de las yankees), solteras.
Y van aun más allá: no solo hacen de la aguja su ciencia, ella es también su florete. El periodismo femenino, que se abre las puertas de los salones de baile a fuerza de gasa y de muselina, aéreo y elegante, “no se crea… que se compone puramente de miel y ambrosía. Oh no!” (M 122) Con aparente tono condenatorio (tono de apariencia, tono de elegancia), hace constar que las reporters pueden decir “cosas atroces” hasta del Cuerpo Diplomático, que lejos de ser inofensivas son “detalles penosísimos, no solo para la víctima, sino hasta para sus colegas favorecidos”, es decir, penosísimos para la institución en su conjunto. La consigna, entonces, es clara: haciendo de la máquina de escribir, y no de la máquina de coser, la continuidad de la aguja, la mujer cose su sujeto sobre un traje que no tiene lugar para ella, abriéndole agujeros con cada puntada.

La que no larga prenda



De un solo plumazo – “Hoy, a tres años de aquel viaje cuyas crónicas dejaré para otra vez…” – ella, con sus maneras de princesa ordinaria, nos escamotea el viaje (y no es lo único). Al igual que Eduarda, escribe después (aunque ese después es ahora más inmediato) y en casa, pero no reproduce, como su antecesora, el círculo: se limita a comentarnos lo aprendido. No son Recuerdos de viaje sino una lección, “La lección europea”, algo que debe aprenderse de memoria para recitar al maestro. Recuérdese que, en efecto, La razón de mi vida – libro que ahora nos compete – fue utilizado como libro de texto también. Por si fuera poco, esta mujer insiste sobre la banalidad de los recuerdos:

Volviendo de Europa vine pensando que el cristianismo había pasado ya por ella, y que dejaba en toda su extensión grandes y numerosos recuerdos. ¡Pero solamente recuerdos! (Perón 180)


La duda, la interpelación, la mirada del otro no aparecen: son poca cosa en comparación a la obra del “cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios” (P 7), “un conductor de los quilates de Perón” (P 179). Tan poca cosa que, de entrada, ese espacio está humanizado (desprovisto de toda sublimidad y trascendencia): “Cuando decidí visitar a Europa…”
Al igual que Eduarda, ella viaja para “aprender de la experiencia de las viejas naciones de la tierra”, pero vuelve sin aprender nada. Gran paradoja: la lección europea es que allí no hay nada que aprender, salvo en términos puramente negativos (es decir, un aprendizaje vacío). La palabra del otro orden simbólico es una palabra vacía.

…puedo ya decir que, salvo algunas excepciones, en aquellas visitas de aprendizaje conocí todo lo que no debía ser en nuestra tierra una obra de ayuda social (P 179).


El qué dirán, el ser-vista-por-otro, le importa radicalmente un pito. Ya en aquel momento escribía al cóndor “meditaciones” (y no cartas ni correspondencia) de las cuales transcribe fragmentos para dejar constancia de su desinterés:

Mientras ellos me decían por ejemplo: —Vea esta Catedral del siglo X— yo pensaba en los hogares-escuelas que iniciaré en cuanto llegue a Buenos Aires. Mientras ellos me mostraban un viejo tomo de historia, yo pensaba que nosotros ya estamos en el principio de otro tomo que empieza en nuestra Patria… y con tu nombre. (P 180)


¿En qué sentido, entonces, el viaje abre en La razón de mi vida la pregunta qué es una mujer elegante? Lateralmente, por ahora. Bastante antes (ubicación que, en la escritura como trayecto, cobra mucha mayor relevancia), el sujeto de la escritura establece una curiosa esquizia:

A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad en mí: una, la de Eva Perón, mujer del presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala; y otra, la de Evita, mujer del Líder de un pueblo que ha depositado en él toda su fe, toda su esperanza y todo su amor. (P 71)


La elegancia es cuestión de Eva Perón, asunto que, por otra parte, no la preocupa porque domina al dedillo (y con agrado):

Unos pocos días al año, represento el papel de Eva Perón: y en ese papel creo que me desempeño cada vez mejor, pues no me parece difícil ni desagradable. (P 71)


Ni difícil ni desagradable: la elegancia es un “papel”, y ella, antes de ser esposa de Perón (Eva Perón), fue actriz, sabe actuar. Pero Eva Perón, finalmente, termina escamoteada, al igual que el viaje:

De Eva Perón no interesa que hablemos.
Lo que ella hace aparece demasiado profusamente en los diarios y revistas de todas partes.
En cambio, sí interesa que hablemos de “Evita”; y no porque sienta ninguna vanidad en serlo sino porque quien comprenda a “Evita” tal vez encuentre luego fácilmente comprensible a sus “descamisados”, el pueblo mismo, y ese nunca se sentirá más de lo que es… ¡nunca se convertirá por lo tanto en oligarca, que es lo peor que puede sucederle a un peronista! (P 71)


“De Eva Perón no interesa que hablemos”, y por ello no tiene sentido, tampoco, contar el viaje (de Eva Perón). La elegancia es un tema solucionado y documentado por otros (“aparece … en los diarios y revistas de todas partes”). Deja en claro que si la “oligarquía” la rechaza, no es porque ella no pueda manejar sus códigos, sino porque ha elegido “otro camino”, el camino de Evita.
Lo que hay entre Eva Perón y Evita, entre oligarquía y pueblo, entre elegancia y obra social es una diferencia de registro: la “fría comedia de los salones oligarcas” (P 70), esa que preocupa a Eduarda, se enfrenta a “las tragedias íntimas de los pobres” (P 144). Pero la tragedia íntima, se sabe, no existe, y se ve obligada a reformular su observación:

Cuando lean estas páginas [muchos] las comentarán sonriendo con suficiencia, pensando que “esto es demasiado melodramático”. Yo quisiera gritarles:
—¡Sí, claro que es “melodrama”! Todo en la vida de los humildes es melodrama. El dolor de los pobres no es dolor de teatro, sino dolor de la vida y bien amargo. Por eso es melodrama, melodrama cursi, barato y ridículo para los hombres mediocres y egoístas. ¡Porque los pobres no inventan el dolor…! ¡ellos lo aguantan! (P 144-145)


Hay dos registros, alto y bajo, y dos personajes, Eva Perón y “Evita”. No obstante, más allá de haber “elegido a Evita”, la práctica escrituraria solo puede llevarla a cabo Eva Perón: su firma facsimilar al final del prólogo deja constancia de ello. Quien escribe, entonces, podría contar cómo “se hace de Eva Perón”, cómo “se representa la fría comedia de los oligarcas”, pero no lo hace. Al igual que dejó a sus “grasitas” fuera del viaje a Europa, los deja fuera del problema de la elegancia (que no les compete) para cuidarlos, para que no se conviertan en oligarcas “que es lo peor que puede pasarle a un peronista”. Ellos no “inventan” su propio discurso (el dolor), lo aguantan, lo soportan. No están para producir discursos, para viajar, sino para – al igual que el gorrión que escribe – recibir las lecciones de vuelo del cóndor y volar junto a él, “alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios”.
¿Y qué pasó, a todo esto, con la pregunta por la mujer solapada en la elegancia? La utilización del nombre Eva Perón (y no Evita) como firma da cuenta de que es aun ese dominio el que permite a las mujeres configurarse como sujetos escriturarios, ¿pero cómo habrán de devenir-mujer, cómo tendrán voz, las melodramáticas mujeres del pueblo, excluidas por su pertenencia general al grupo de los “grasitas” de la fría comedia oligarca? Aparece la necesidad de buscar otro campo específico que permita a la mujer constituirse como sujeto, otra pregunta. A tal problema, justamente, Eva Perón destina toda la tercera y última parte de La razón de mi vida, “Las mujeres y mi misión”. Y su primera aclaración es contundente:

Reconozco, ante todo, que empecé trabajando en el movimiento femenino porque así lo exigía la causa de Perón. (P 208)


Eva subordina la pregunta ¿qué es una mujer? a Perón, pero a su vez simultáneamente la pone como “exigencia”, como necesidad insalvable de “la causa”: sin devenir-mujer (otro) que la elegancia, no hay causa peronista (para la mujer). Acto seguido, confiesa que en un principio verse ante la posibilidad del camino “feminista” le dio “un poco de miedo”:

Ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así… que, por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo… mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres.
¡Y así orientaron los movimientos que ellas condujeron!
Parecían estar dominadas por el despecho de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres. (P 211)


El pasaje es interesante porque es el único momento en que Eva Perón se “amansilla” y pone en acción el recurso a la elegancia: las feministas son unos caches. Desde luego, “yo no me sentía muy dispuesta a parecerme a ellas”. Finalmente, un día peronista, el General le explica la cuestión (y ella “solo” transcribe):

—¿No ves que ellas han errado el camino? Quieren ser hombres. Es como si para salvar a los obreros yo los hubiese querido hacer oligarcas. Me hubiese quedado sin obreros, Y creo que no hubiese conseguido mejorar en nada a la oligarquía. No ves que esa clase de «feministas» reniega de la mujer. Algunas ni siquiera se pintan… (P 212; el destacado, de aquí en más, me pertenece)


Claro está: se trata de desarrollar la pregunta que interroga por el ser de la mujer peronista, de igual modo que para salvar a los obreros no hay que “hacerlos” oligarcas sino peronistas. La adopción de una retórica evangélica (“salvar”) se repite con insistencia:

Pero… yo no quiero detenerme tanto en este asunto de los derechos políticos de la mujer.
Más que eso me interesa ahora la mujer misma.
Siento que necesita salvarse.
Yo quisiera mostrarle un camino. (P 214)


Retórica que remite a Perón como al Otro radical, condición de todo sentido. “Nunca me pareció tan claro y tan luminoso su pensamiento. Eso era lo que yo sentía” (P 212): Perón es el que transforma el sentimiento en pensamiento, palabra, discurso. La palabra de la mujer peronista, como la de la propia Eva, será de gorrión, siempre subalterna del cóndor, y ni siquiera exactamente palabra sino sentimiento, que recién se hará palabra/significante al encontrar a Perón (como quien “encuentra” a Dios), en la palabra plena de Perón.
Sin embargo, a partir de ese consentimiento inicial Eva Perón parece desplegar una estrategia de constitución del sujeto femenino. Parte de una paradoja: las mujeres “nos sentimos nacidas para el hogar” pero al mismo tiempo “el hogar nos resulta demasiada carga para nuestros hombros” (P 215). La renuncia al hogar, no obstante, no le parece una salida, no es feminismo sino masculinización de la mujer porque, después de todo, “Nacimos para constituir hogares. No para la calle.” (P 217) Su idea es sencilla: salarizar al ama de casa, poner el progreso y la técnica “al servicio del hogar” y “elevar la cultura general de la mujer para que … sepa usarlo en beneficio de sus derechos y de su libertad” (P 221). ¿Por qué?

En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos… la ley y el derecho del hombre… que muchas veces sólo es un amo y a veces también… dictador.
Y allí nadie puede intervenir. (P 216)


El estado (vale por un Perón, cóndor o General) debe intervenir el hogar y extender su ley y su derecho para liberar a la mujer (acabando, de paso, con otra ley que no sea la propia). La liberación de la mujer como “exigencia” de la causa peronista termina así de manifestarse.

Todo esto me recuerda un poco aquello que fue el programa básico de Perón en su lucha por la liberación de los obreros. ...
Yo, imitándolo siempre, me permito decir que para salvar a la mujer y por lo tanto al hogar es necesario también elevar la cultura femenina, dignificar el trabajo y humanizar su economía dándole cierta independencia material mínima. (P 216)


Si bien la subsume en Perón (al tiempo que “inocentemente” la marca como conclusión inevitable de lo que él hizo), Eva plantea una completa revalorización del espacio privado (desde siempre entendido como el espacio femenino por excelencia):“no se trata de devolver al hogar un prestigio que nunca tuvo sino de darle el que nunca conoció” (P 222). Nuevamente aparece la vacilación: prestigio que nunca conoció pero que hay que darle, instalando – por la imposibilidad misma del don – la deuda nunca satisfecha entre sujeto femenino y Perón-dador. Haga lo que haga como contra-don, la mujer seguirá siempre debiéndole a Perón, debiéndole aún.
La gran ausente en el mundo somos nosotras, dice Eva (Perón). Y enumera lugares de poder que van de los Parlamentos a la masonería, del Vaticano al Kremlin siempre precedidos de un “No estamos”. Donde siempre estuvimos, señala, es en la hora de la agonía: “Parece como si nuestra vocación no fuese sustancialmente la de crear sino la del sacrificio. Nuestro símbolo debería ser el de la madre de Cristo al pie de la Cruz” (P 224).

Y sin embargo nuestra más alta misión no es esa sino la de crear.
… Tal vez por no habernos invitado a sus grandes organizaciones sociales el hombre ha fracasado y no ha podido hacer feliz a la humanidad. (P 224)


El hombre ha creado doctrinas, una para cada siglo (dice Eva “olvidándose” un segundo de que “doctrina” es palabra favorita del cóndor), y se apasiona por ellas, le importan más las doctrinas que el hombre y que la humanidad. “Y eso se explica: el hombre no tiene una cuestión personal con la humanidad como nosotras”. Se pregunta “¿acaso no es nuestro corazón el que debe sufrir las consecuencias de los errores «cerebrales» del hombre?” (P 225). Eva Perón vuelve al tópico de la sensibilidad femenina para marcar una oposición con el discurso masculino, pero adviértase que, al hacerlo, está complejizando su relación (y por ende la de todas las mujeres) con el General que expresaba en pensamiento lo que ella (la mujer peronista) sentía.
Tal vez por ello inmediatamente después vuelve a la tónica de la dependencia partidaria, aquieta las aguas por algunas páginas, para poco después arremeter con un capítulo decisivo para su comprensión de ¿qué es una mujer peronista?: “Las mujeres y la acción”. La mujer, según Eva, vive mejor en acción que en inactividad:

La razón es muy simple: el hombre puede vivir exclusivamente para sí mismo. La mujer, no. (P 237)


Si con Eduarda el sujeto femenino estaba arrojado en “tierra” para trazar el mapa de unos códigos que solo ella podía interpretar, el sujeto femenino de Eva está siempre arrojado a los demás: “La felicidad de la mujer no es su felicidad sino la de otros” (P 237). La naturaleza de la mujer es el servicio, la mujer de acción no triunfa sobre los demás, como el hombre, sino para los demás. Otro movimiento complejo: si en un punto la noción de un sujeto arrojado a los demás (con su consiguiente vaciamiento) puede parecer un avance, se pierde como tal en tanto para los hombres se mantiene la lógica “egoísta”. La mujer es puro devenir y el hombre puro ser; y en tanto puro devenir la mujer no es, no habla, solo siente: se sirve a alguien, al Ser, y el sujeto femenino solo ha sido vaciado para volcarlo sobre Perón. La mujer debe callar (no ser sujeto) y servir.
Lejos, entonces, de presentar otro modo de sujeto femenino distinto del de la elegancia, Eva Perón ofrece a las mujeres dignidad y protagonismo al precio de callarse. El modelo es “La mujer que no fue elogiada”, cuya silenciosa acción va creando “un poco de pueblo”.

Yo sé que ella, solamente ella, tiene en sus manos el porvenir del pueblo. No será tanto en las escuelas sino en los hogares donde se ha de formar la nueva humanidad que quiere el Justicialismo de Perón. (P 244)


Eva Perón alcanza a advertir cuánto producen las mujeres como “estructura del sentimiento”, el accionar concreto de lo femenino en el silenciado espacio doméstico, y su peligrosidad. Pero en vez de permitirle hablar, quiere extorsionarlo para que se ponga “al servicio del cóndor”, ofreciéndose a sí misma, pobre gorrión, como el modelo por antonomasia de un “hacer por los demás” subordinado a una discursividad masculina. Llevando la identificación al extremo, hacia el final exclama:
¡Es que me siento verdaderamente madre de mi pueblo! (P 249)
Un párrafo aparte merece la contraposición que Eva realiza casi al final de su libro entre mujer de “vida social”, la mujer elegante, y mujer peronista. Ellas, como las yankees de Mansilla, son “otra raza de mujeres”. Son egoístas, como los hombres, pero encima no tienen ningún objetivo, están llenas “de apariencias, de pequeñeces, de mediocridades y de mentiras” (P 239). Puro teatro. Al igual que de Europa, de ellas las grasitas no tienen nada que aprender (salvo lo que no debe ser). En vez de someterse al servicio, la mujer elegante se dedica a la “vida social”, dejando el hogar en un lugar secundario. El “Partido Peronista Femenino” está para que las mujeres nunca caigan en semejante “error” / “horror”.
A todas luces es fácil re-pensar ahora para qué fue escrito La razón de mi vida: para que no vuelvan a existir Evas Perón sino puras “Evitas”. El libro intenta acallar de todas las maneras posibles un itinerario que, sin embargo, deja traslucir: el de una apropiación estratégica de la “vida social” para hacer oír allí esa voz “silenciosa” y distinta, la del espacio doméstico. Eva Duarte, actriz de profesión, excusa su intervención en la cosa pública (como mujer elegante) actuando también de mujer peronista. Instala un nuevo sujeto femenino: la impostora, abriendo el espacio de la elegancia a las caches, que lo tenían negado. Las mujeres de “origen humilde” y “pasado artístico” también pueden, si fingen, ser mujeres elegantes (y firmar).

La que educa (y entretiene)



Sospecho que sin la inscripción del verdadero itinerario (mentido, negado, disfrazado en La razón de mi vida) de Eva Duarte en el imaginario argentino, sería imposible siquiera soñar el último artefacto de nuestro recorrido, también rubricado por una firma facsimilar femenina en el prólogo, firma también de personaje-otro, de nombre adoptado. Por el momento, no importa quien habla. Basta con saber que se trata de un libro en prosa publicado en 1997.

En cuanto a la distinción y a la elegancia, supongo que todo el mundo aspira a tener estas cualidades, sin embargo, este es un terreno minado, una zona llena de trampas mortales. Pareciera que se puede enseñar a cocinar un plato o a poner una mesa, pero nunca a ser elegantes ni tampoco a ser, sencillamente, bien educados. Son características que se dan por supuestas – no entiendo porqué – o acaso son cosas que, según la tendencia de la época, no se pueden enseñar: se tienen o no se tienen.
Pero lo cierto es que, al menos en alguna medida, la distinción y la elegancia sí se pueden aprender. Si bien la “elegancia y la distinción” son dones de la naturaleza, cuando no son totalmente perfectos con esfuerzo y tesón se pueden mejorar. Y para lograrlo hay que esmerarse por evitar en todos los casos el vicio de la afectación, que no es otra cosa que esa manía por intentar parecer mejor que los demás. Por el contrario, lo más importante en cualquier ocasión y frente a todo tipo de personas, es manejarse siempre con soltura y naturalidad, con corrección y cortesía. (p. 10)


Separadas por ciento quince años, se hacen oír de nuevo aquí, en gran medida, tópicos, ideas e incluso una retórica muy cercanas a las de Eduarda Mansilla: la elegancia como valor, la elegancia no como esencia sino como potencialidad “cultivable” y el rechazo de la afectación como elegancia excesiva (recuérdese el ridículo de las demasiado reverentes yankees frente a los nobles europeos en M 101-102). ¿Por qué habría de ser “necesario”, entonces, el itinerario de Eva Duarte?
Es momento de revelar la fuente. La cita anterior corresponde a la – hasta ahora – única obra en prosa de quien en la biografía de solapa se declara “bautizada” Rosa María Juana Martínez Suárez, y nacida en Villa Cañás, provincia de Santa Fe (es decir, no en la “lujosa” sociedad porteña de Eduarda sino en el “sencillo” interior). No obstante, aunque resucite – como al famoso y desconocido piojo – un triple nombre con doble apellido para la solapa (y todas sus implicancias), firma el libro con el mismo nombre con que se desempeña en el arte de la performance: Mirtha Legrand. El título es rotundo: El libro de oro de (lo que sigue en letras doradas resaltadas con sombra negra) Mirtha Legrand.
Al igual que sus predecesoras, Mirtha escribe desde su experiencia (“Lo digo después de treinta años de experiencia al frente de mis queridos almuerzos”, L 10), pero lleva al límite la metamorfosis de la experiencia en lección que aparecía en Eva Perón. El subtítulo de la obra deja en claro el propósito eminentemente propedéutico: Cómo vivir con elegancia y recibir con distinción. Lectura de supermercado que promete revelar “pequeños y grandes secretos”, El libro de oro de Mirtha Legrand ahorra a sus lectoras, potenciales anfitrionas, las fatigas, las demoras y los retrasos del relato, para ofrecerles, en solo setenta y siete páginas, todo lo que deben saber acerca del arte de recibir (“… todo está aquí”, afirma lacónicamente; L 11). Por si fuera poco, cada subcapítulo trae al final un resumen sintético y apretado de los puntos principales enunciados como máximas: “Las reglas de oro”.
De terminarse allí, no pasaría de ser un libro de protocolo menor (berreta, “grasita” si se quiere). Y esto, de por sí – un “libro de protocolo grasa”, con su carácter de oxímoron aparente – debería recordarnos lo que se insinuaba en Eva Duarte: la apropiación de un código negado, la impostura (como intersección opaca entre problemas “de mujer” y “de clase”). Pero Mirtha va más allá, mucho más allá. Luego de “Los secretos de la anfitriona perfecta” vienen ciento veintisiete páginas de recetas “para lucirse”, claramente delimitadas como segunda parte (“Los menús de los almuerzos y sus recetas”). En esa articulación en díptico, la señora anuda audazmente la elegancia como acción pública con la esfera doméstica y ordinaria de la cocina, retomando incluso la voz popular y censurada de la “superstición”:

Y a la hora de recibir no olvide releer mis consejos y secretos porque, como siempre digo, este libro, al igual que mi programa, ¡trae suerte! (L 11)


La mujer elegante 1997 es la menos ingenua y la más descarada, la más autoconsciente, la que tiene completa y totalmente en claro que la elegancia se enuncia como valor pero funciona pragmática y estratégicamente. Nos gusta, sí, invitar gente a nuestra casa, recibir a quienes estimamos y agasajarlos (demostrar afecto). Pero también queremos lucirnos, y allí encontramos una gran fuente de ganancia:

En todo caso no hace falta subrayar la importancia extraordinaria que siempre ha tenido la buena mesa en las relaciones sociales ya que desde tiempos inmemoriales se han celebrado con grandes banquetes hechos históricos decisivos y lo mismo ocurre en el ámbito empresarial y en el privado, en donde festejamos con grandes comidas acontecimientos decisivos como un ascenso, la llegada de un nuevo integrante a la familia o un cumpleaños. (L 9)


El anudamiento estratégico del orden público con la esfera doméstica invierte el sentido de los desplazamientos: la mujer elegante ya no viaja, no necesita salir de su casa, no está (como Eduarda) lanzada al mundo ni tampoco (como la mujer peronista) lanzada a los demás. Logra, au contraire, que el mundo y los demás sean in-yectados hacia su propia casa mediante un arma letal e infalible: la invitación y la promesa de ofrecer “momentos tan gratos como inolvidables”. En realidad, la grata velada es una trampa, una telaraña. Ya desde el principio, mientras evalúa cuántos deben ser los invitados, deja ver sus intenciones:

… podemos decir que una comida [con amigos] perfecta es aquella que se brinda para un número no mayor de seis personas. Es la cantidad adecuada para mantener todo bajo control. (L 15)


Es la anfitriona quien dispone los sitios a la mesa, marcándolos escriturariamente (con tarjetas) si lo cree necesario. ¡Y cuidado con desobedecer al orden impuesto por la señora! “Si alguien se confunde y se sienta en un lugar reservado a los dueños de casa” – que, curiosamente, son los únicos que se sustraen a esa marcación escrituraria, a ese poner por escrito el lugar pre-asignado – “con toda amabilidad se lo invitará a leer las tarjetas y a acomodarse en el sitio previsto”. “Con toda amabilidad”, la anfitriona domina la escena, imponiendo la ley de la cortesía. La distribución de los sitios, a su vez, busca “que todos se integren a una conversación general”, cuyo ritmo controla la imperturbable señora, y evitar todo conflicto o discusión. “Más allá de las diferencias sociales, económicas o culturales, los invitados deben tratar de contemporizar sus opiniones para pasar una velada agradable” (L 20). Y si tanto esfuerzo conciliador falla, entonces habrá que aplicar esa dura violencia: la sonrisa:

De todos modos, si en algún momento de la comida se produce algún roce, alguien eleva más de lo indicado el tono de voz o dicen algo inconveniente, le sugiero que, con mucho tacto, intervenga. Usted es la anfitriona y no puede permitir que la comida se vaya de sus manos. Ya que no puede ir a un corte publicitario para calmar los ánimos interrumpa con delicadeza y hágales notar a los comensales, con una sonrisa, que es conveniente cambiar de tema. (L 21)


Inmediatamente, para rematar, trae a colación parte de su experiencia que, funcionando como metáfora, termina de dejar las cosas en claro:

Recuerdo una época en la que, para poner orden en mis almuerzos, agitaba una pequeña campana. Era algo divertido y realmente me daba buen resultado. (L 21)


Los invitados, aquellos a quienes se propone “agasajar”, han sido en realidad atraídos para servir a la señora. Como Maquiavelo al príncipe, Mirtha le dice al oído a la anfitriona que conviene ser amada y temida, pero de última, si hay que elegir… ya sabemos qué conviene. Su retrato se vuelve cada vez más duro, más insensible:

Para que ellos [sus hijos] no se sientan rechazados (y usted, culpable) según la edad que tengan, ofrézcales una compensación. Puede ser un paseo, enviarlos a jugar o dormir a casa de un amiguito, prometerles guardar alguna porción del rico postre o… en fin, usted conoce a sus hijos y sabe cómo premiarlos. (L 22)


Esta mujer capaz de extorsionar a sus propios hijos, ya lo dije, es la mujer elegante más autoconciente. Como tal, atrae a sus invitados ofreciéndoles “una agradable velada en casa”, calor de hogar, pero no se engaña a sí misma. Sabe que su domicilio, en ese momento, pasa a transformarse en espacio público, y lo prepara como tal: elimina a los niños, elimina a las mascotas, divide a los matrimonios para que “charlen con otras personas”, alquila (o compra) mantelería, flores, velas, vajilla, cristalería, cubiertos, percheros (“Si los invitados son muchos, alquile percheros. Hay casas que se ocupan de este tema y tienen los más variados tamaños y modelos. Incluso algunos son plegables, desmontables, y hasta vienen con perchas y números correspondientes”; L 40) y el “muy importante” arreglo floral.
Controla todo: que los utensilios sean adecuados, que combinen entre sí, que los invitados tengan dónde estacionar su automóvil, que el pan no esté húmedo, que suene música de fondo agradable y distendida, que su vestuario sea impecable (“Arréglese como una novia”, L 41; imperativo categórico de innegable cuño popular), que los invitados en caso de no conocerse sean presentados y se sientan a gusto, que nadie llegue demasiado tarde y que – por otra parte – el resto de los invitados no deba esperar demasiado debido a un impuntual, que nadie hable mal del impuntual, que el impuntual se disculpe frente a los demás (y si no lo hace reciba su merecido castigo), que la comida no se arruine, que la comida servida en el aperitivo no sea demasiada, que haya abundante hielo (“aun en invierno”), que la duración de cada momento de la comida (del aperitivo a la sobremesa) sea la indicada, que haya ceniceros a mano, que los ceniceros vayan vaciándose para evitar que el aire se envicie… y recién vamos por la mitad, la lista podría continuar.
Es fácil advertir, si se admite el pleonasmo, que la anfitriona perfecta es retentiva, anal y obsesiva. Como tal, es víctima de esta voluntad de poder que despliega sobre los otros, la vive como una serie interminable de tareas duras y agotadoras, vive su deseo como esclavitud. No teme, como Eduarda, ser vista como un cache por Fulana o Mengana; teme serlo, es decir, ser vista como tal por el Orden mismo (quedando, en el acto, así constituida). Su miedo (que le arruinen la noche) es el fantasma sádico que la persigue como relato, transferido y proyectado, de su propio deseo reprimido: arruinarle la soirée a todo el mundo, a ese mundo donde no tiene inscripción salvo que recurra al semblante de la anfitriona para que, confiado, el mundo vaya a ella y se duplique en el comedor de su casa (como mundo empequeñecido, liso, librado de ambigüedad, un mundo como página en blanco sobre el cual pueda escribir su texto). El oscuro deseo de la anfitriona es hacer una escena.
Quiso ser anfitriona para decir, para devenir-sujeto, pero terminó tan presa como sus invitados de la misma red que tejió con reglas. Su mayor tragedia – al igual que ocurre en los mitos de genios y lámparas maravillosas – es el cumplimiento de sus propósitos: no hubo escenas ni agujeros, el mundo “entró” en su casa y se fue contento, no cambió nada, no logró mayor ganancia que la satisfacción de saber que no es lo que no debe ser. Qué deba, pueda o quiera ser quedó en suspenso, y a todo esto la casa quedó hecha una mugre, los platos amontonados en la pileta, lo alquilado esperando ser devuelto y los niños aguardando el cumplimiento de aquella recompensa extorsiva: pura deuda, pura falta. En la buena anfitriona como respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer elegante? se apaga, cae, la pregunta ¿qué es una mujer? Está tan volcada a Otro como la mujer peronista: solo le queda servir. Y sirve con bronca, con rabia, sirve sádicamente.
Ocurre que El libro de oro de Mirtha Legrand, bajo la apariencia democrática de extender la elegancia – como “el arte de recibir” (nótese el grado de pasividad supuesto de antemano) – a las “masas”, es tan tributario de una doble lógica como lo era La razón de mi vida. La analogía establecida en otro momento con El príncipe de Maquiavelo es ahora reveladora: en esta oportunidad, no es un súbdito quien se dirige al poderoso, sino un poderoso quien se dirige al súbdito. Mirtha no dice “si yo estuviera en su lugar, haría tal cosa”, dice “yo hago tal cosa, usted también puede hacerla”.

Vivir con elegancia y distinción es una posibilidad que todos tenemos y que no está ligada al poder adquisitivo sino a la riqueza de nuestro espíritu y nuestro afán por mejorar (contratapa, también con firma facsimilar).


En principio, podría objetarse que la frase de Mirtha es “ideológica” (en el sentido de ocultamiento, segunda naturaleza, etcétera), que esconde la diferencia entre intentar ser anfitriona con o sin un ejército de “personal de servicio”. Pero la frase de Mirtha, en realidad, es más interesante por aquello que ilumina que por lo que oscurece: muestra que sea como fuere, sin importar esas condiciones, la anfitriona no usa un código sino que lo soporta, lo sufre.

Olvídese de mis almuerzos que son un acontecimiento público donde, muchas veces, las polémicas resultan interesantes y enriquecedoras. Usted está en el comedor de su casa y no querrá improvisar un talk-show de esos que ahora se ven tanto ni tampoco puede permitir que la mesa se convierta en un campo de batalla. (L 19)


¿Por qué, mas allá del uso del imperativo, si quiere que nos olvidemos de sus almuerzos Mirtha nos los recuerda? Porque su escritura no está separada de su performance, se retroalimentan y conforman una verdadera unidad; en realidad no hay que olvidarlos sino tenerlos en mente todo el tiempo. Con titánica insistencia, en el libro se intercalan unas treinta fotografías a todo color en papel ilustración; fotografías del estudio (esa otra página en blanco) y fotografías de Mirtha con un número apabullante de invitados. ¿Qué hace esa foto de Mirtha junto a Catherine Deneuve al lado de la receta del Espumone de frutilla, si no tiene nada que ver? ¿Y aquella otra en que se abraza a Daniel Tinayre junto a las reglas del almuerzo de fin de semana? ¡Tampoco tiene nada que ver!
Error: tiene todo que ver; tiene que ver todo, señora. El libro y la performance trabajan sobre el efecto de contraste. ¿Cuándo se ha visto a Mirtha no hacer la escena? ¿Cuándo se la ha visto comportarse como “la anfitriona perfecta”? Luego de treinta años de almuerzos, Mirtha muestra lo aprendido: en su intento de extender la elegancia a las caches no solo descubrió que tal cosa dista de ser propiamente estratégica para las caches, sino que además logró ver aquello que la elegancia produce como tortura. Vio, con claridad meridiana, el cáncer de Eva Perón: la elegancia pensada como apropiación estratégica para devenir-sujeto no tiene sentido si se la mantiene escindida de aquello que propiamente se quiere, escindida del propio deseo (por eso, contrario a Eva Perón/Evita, Mirtha Legrand y Chiquita son sinónimos, nunca opuestos). La única vía para devenir-mujer es reponer el melodrama en la “fría comedia oligarca”. Hay que usar la elegancia como fondo sobre el cual se restituye el deseo, como cosa que se impone a los otros pero nunca a sí misma. La mujer gana, como descubrió lateralmente Eduarda, sometiendo a todos a la elegancia pero permitiéndose a sí misma “hacer la escena”.
La cita anterior, la que falsamente abría con un “olvídese de mis almuerzos”, se resignifica entonces a partir de la introducción de esos elementos extraños (las fotografías) como piezas que dejan al descubierto su carácter no-cerrado, que lo abren, que lo desarman a partir de una práctica significante distinta de la escrituraria, una práctica de imágenes, una práctica iconográfica. Las polémicas son interesantes y enriquecedoras, señora, no puede permitir que la mesa se convierta (sola) en un campo de batalla ¡tome la iniciativa! Con maestría, Mirtha ilustra la violencia fundacional que implica la constitución del sujeto. Sólo es posible devenir-mujer practicando la histeria, la escena, el grito, siendo “brava”. Cuando sea Mirtha, señora, no se olvide de Chiquita.

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