De un solo plumazo – “Hoy, a tres años de aquel viaje cuyas crónicas dejaré para otra vez…” – ella, con sus maneras de princesa ordinaria, nos escamotea el viaje (y no es lo único). Al igual que Eduarda, escribe
después (aunque ese después es ahora más inmediato) y en casa, pero no reproduce, como su antecesora, el círculo: se limita a comentarnos lo aprendido. No son
Recuerdos de viaje sino una lección, “La lección europea”, algo que debe aprenderse de memoria para recitar al maestro. Recuérdese que, en efecto,
La razón de mi vida – libro que ahora nos compete – fue utilizado como libro de texto también. Por si fuera poco, esta mujer insiste sobre la banalidad de los recuerdos:
Volviendo de Europa vine pensando que el cristianismo había pasado ya por ella, y que dejaba en toda su extensión grandes y numerosos recuerdos. ¡Pero solamente recuerdos! (Perón 180)
La duda, la interpelación, la mirada del otro no aparecen: son poca cosa en comparación a la obra del “cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios” (P 7), “un conductor de los quilates de Perón” (P 179). Tan poca cosa que, de entrada, ese espacio está humanizado (desprovisto de toda sublimidad y trascendencia): “Cuando decidí visitar
a Europa…”
Al igual que Eduarda, ella viaja para “aprender de la experiencia de las viejas naciones de la tierra”, pero vuelve sin aprender nada. Gran paradoja: la lección europea es que allí no hay nada que aprender, salvo en términos puramente negativos (es decir, un aprendizaje vacío). La palabra del otro orden simbólico es una palabra vacía.
…puedo ya decir que, salvo algunas excepciones, en aquellas visitas de aprendizaje conocí todo lo que no debía ser en nuestra tierra una obra de ayuda social (P 179).
El qué dirán, el ser-vista-por-otro, le importa radicalmente un pito. Ya en aquel momento escribía al cóndor “meditaciones” (y no cartas ni correspondencia) de las cuales transcribe fragmentos para dejar constancia de su desinterés:
Mientras ellos me decían por ejemplo: —Vea esta Catedral del siglo X— yo pensaba en los hogares-escuelas que iniciaré en cuanto llegue a Buenos Aires. Mientras ellos me mostraban un viejo tomo de historia, yo pensaba que nosotros ya estamos en el principio de otro tomo que empieza en nuestra Patria… y con tu nombre. (P 180)
¿En qué sentido, entonces, el viaje abre en
La razón de mi vida la pregunta qué es una mujer elegante? Lateralmente, por ahora. Bastante
antes (ubicación que, en la escritura como trayecto, cobra mucha mayor relevancia), el sujeto de la escritura establece una curiosa esquizia:
A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad en mí: una, la de Eva Perón, mujer del presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala; y otra, la de Evita, mujer del Líder de un pueblo que ha depositado en él toda su fe, toda su esperanza y todo su amor. (P 71)
La elegancia es cuestión de Eva Perón, asunto que, por otra parte, no la preocupa porque domina al dedillo (y con agrado):
Unos pocos días al año, represento el papel de Eva Perón: y en ese papel creo que me desempeño cada vez mejor, pues no me parece difícil ni desagradable. (P 71)
Ni difícil ni desagradable: la elegancia es un “papel”, y ella, antes de ser esposa de Perón (Eva Perón), fue actriz, sabe actuar. Pero Eva Perón, finalmente, termina escamoteada, al igual que el viaje:
De Eva Perón no interesa que hablemos.
Lo que ella hace aparece demasiado profusamente en los diarios y revistas de todas partes.
En cambio, sí interesa que hablemos de “Evita”; y no porque sienta ninguna vanidad en serlo sino porque quien comprenda a “Evita” tal vez encuentre luego fácilmente comprensible a sus “descamisados”, el pueblo mismo, y ese nunca se sentirá más de lo que es… ¡nunca se convertirá por lo tanto en oligarca, que es lo peor que puede sucederle a un peronista! (P 71)
“De Eva Perón no interesa que hablemos”, y por ello no tiene sentido, tampoco, contar el viaje (de Eva Perón). La elegancia es un tema solucionado y documentado por otros (“aparece … en los diarios y revistas
de todas partes”). Deja en claro que si la “oligarquía” la rechaza, no es porque ella no pueda manejar sus códigos, sino porque ha elegido “otro camino”, el camino de Evita.
Lo que hay entre Eva Perón y Evita, entre oligarquía y pueblo, entre elegancia y obra social es una diferencia de registro: la “fría comedia de los salones oligarcas” (P 70), esa que preocupa a Eduarda, se enfrenta a “las tragedias íntimas de los pobres” (P 144). Pero la tragedia íntima, se sabe, no existe, y se ve obligada a reformular su observación:
Cuando lean estas páginas [muchos] las comentarán sonriendo con suficiencia, pensando que “esto es demasiado melodramático”. Yo quisiera gritarles:
—¡Sí, claro que es “melodrama”! Todo en la vida de los humildes es melodrama. El dolor de los pobres no es dolor de teatro, sino dolor de la vida y bien amargo. Por eso es melodrama, melodrama cursi, barato y ridículo para los hombres mediocres y egoístas. ¡Porque los pobres no inventan el dolor…! ¡ellos lo aguantan! (P 144-145)
Hay dos registros, alto y bajo, y dos personajes, Eva Perón y “Evita”. No obstante, más allá de haber “elegido a Evita”, la práctica escrituraria solo puede llevarla a cabo Eva Perón: su firma facsimilar al final del prólogo deja constancia de ello. Quien escribe, entonces, podría contar cómo “se hace de Eva Perón”, cómo “se representa la fría comedia de los oligarcas”, pero no lo hace. Al igual que dejó a sus “grasitas” fuera del viaje a Europa, los deja fuera del problema de la elegancia (que no les compete) para cuidarlos, para que no se conviertan en oligarcas “que es lo peor que puede pasarle a un peronista”. Ellos no “inventan” su propio discurso (el dolor), lo aguantan, lo soportan. No están para producir discursos, para viajar, sino para – al igual que el gorrión que escribe – recibir las lecciones de vuelo del cóndor y volar junto a él, “alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios”.
¿Y qué pasó, a todo esto, con la pregunta por la mujer solapada en la elegancia? La utilización del nombre Eva Perón (y no Evita) como firma da cuenta de que es aun ese dominio el que permite a las mujeres configurarse como sujetos escriturarios, ¿pero cómo habrán de devenir-mujer, cómo tendrán voz, las melodramáticas mujeres del pueblo, excluidas por su pertenencia general al grupo de los “grasitas” de la fría comedia oligarca? Aparece la necesidad de buscar otro campo específico que permita a la mujer constituirse como sujeto, otra pregunta. A tal problema, justamente, Eva Perón destina toda la tercera y última parte de
La razón de mi vida, “Las mujeres y mi misión”. Y su primera aclaración es contundente:
Reconozco, ante todo, que empecé trabajando en el movimiento femenino porque así lo exigía la causa de Perón. (P 208)
Eva subordina la pregunta ¿qué es una mujer? a Perón, pero a su vez simultáneamente la pone como “exigencia”, como necesidad insalvable de “la causa”: sin devenir-mujer (otro) que la elegancia, no hay causa peronista (para la mujer). Acto seguido, confiesa que en un principio verse ante la posibilidad del camino “feminista” le dio “un poco de miedo”:
Ni era soltera entrada en años, ni era tan fea por otra parte como para ocupar un puesto así… que, por lo general, en el mundo, desde las feministas inglesas hasta aquí, pertenece, casi con exclusivo derecho, a las mujeres de ese tipo… mujeres cuya primera vocación debió ser indudablemente la de hombres.
¡Y así orientaron los movimientos que ellas condujeron!
Parecían estar dominadas por el despecho de no haber nacido hombres, más que por el orgullo de ser mujeres. (P 211)
El pasaje es interesante porque es el único momento en que Eva Perón se “amansilla” y pone en acción el recurso a la elegancia: las feministas son unos caches. Desde luego, “yo no me sentía muy dispuesta a parecerme a ellas”. Finalmente, un día peronista, el General le explica la cuestión (y ella “solo” transcribe):
—¿No ves que ellas han errado el camino? Quieren ser hombres. Es como si para salvar a los obreros yo los hubiese querido hacer oligarcas. Me hubiese quedado sin obreros, Y creo que no hubiese conseguido mejorar en nada a la oligarquía. No ves que esa clase de «feministas» reniega de la mujer. Algunas ni siquiera se pintan… (P 212; el destacado, de aquí en más, me pertenece)
Claro está: se trata de desarrollar la pregunta que interroga por el ser de la mujer peronista, de igual modo que para salvar a los obreros no hay que “hacerlos” oligarcas sino peronistas. La adopción de una retórica evangélica (“salvar”) se repite con insistencia:
Pero… yo no quiero detenerme tanto en este asunto de los derechos políticos de la mujer.
Más que eso me interesa ahora la mujer misma.
Siento que necesita salvarse.
Yo quisiera mostrarle un camino. (P 214)
Retórica que remite a Perón como al Otro radical, condición de todo sentido. “Nunca me pareció tan claro y tan luminoso su pensamiento. Eso era lo que yo sentía” (P 212): Perón es el que transforma el sentimiento en pensamiento, palabra, discurso. La palabra de la mujer peronista, como la de la propia Eva, será de gorrión, siempre subalterna del cóndor, y ni siquiera exactamente palabra sino sentimiento, que recién se hará palabra/significante al encontrar a Perón (como quien “encuentra” a Dios), en la palabra plena de Perón.
Sin embargo, a partir de ese consentimiento inicial Eva Perón parece desplegar una estrategia de constitución del sujeto femenino. Parte de una paradoja: las mujeres “nos
sentimos nacidas para el hogar” pero al mismo tiempo “el hogar nos resulta demasiada carga para nuestros hombros” (P 215). La renuncia al hogar, no obstante, no le parece una salida, no es feminismo sino masculinización de la mujer porque, después de todo, “Nacimos para constituir hogares. No para la calle.” (P 217) Su idea es sencilla: salarizar al ama de casa, poner el progreso y la técnica “al servicio del hogar” y “elevar la cultura general de la mujer para que … sepa usarlo en beneficio de sus derechos y de su libertad” (P 221). ¿Por qué?
En las puertas del hogar termina la nación entera y comienzan otras leyes y otros derechos… la ley y el derecho del hombre… que muchas veces sólo es un amo y a veces también… dictador.
Y allí nadie puede intervenir. (P 216)
El estado (vale por un Perón, cóndor o General) debe intervenir el hogar y extender su ley y su derecho para liberar a la mujer (acabando, de paso, con otra ley que no sea la propia). La liberación de la mujer como “exigencia” de la causa peronista termina así de manifestarse.
Todo esto me recuerda un poco aquello que fue el programa básico de Perón en su lucha por la liberación de los obreros. ...
Yo, imitándolo siempre, me permito decir que para salvar a la mujer y por lo tanto al hogar es necesario también elevar la cultura femenina, dignificar el trabajo y humanizar su economía dándole cierta independencia material mínima. (P 216)
Si bien la subsume en Perón (al tiempo que “inocentemente” la marca como conclusión inevitable de lo que él hizo), Eva plantea una completa revalorización del espacio privado (desde siempre entendido como el espacio femenino por excelencia):“no se trata de devolver al hogar un prestigio que nunca tuvo sino de darle el que nunca conoció” (P 222). Nuevamente aparece la vacilación: prestigio que nunca conoció pero que hay que
darle, instalando – por la imposibilidad misma del don – la deuda nunca satisfecha entre sujeto femenino y Perón-dador. Haga lo que haga como contra-don, la mujer seguirá siempre debiéndole a Perón, debiéndole aún.
La gran ausente en el mundo somos nosotras, dice Eva (Perón). Y enumera lugares de poder que van de los Parlamentos a la masonería, del Vaticano al Kremlin siempre precedidos de un “No estamos”. Donde siempre estuvimos, señala, es en la hora de la agonía: “Parece como si nuestra vocación no fuese sustancialmente la de crear sino la del sacrificio. Nuestro símbolo debería ser el de la madre de Cristo al pie de la Cruz” (P 224).
Y sin embargo nuestra más alta misión no es esa sino la de crear.
… Tal vez por no habernos invitado a sus grandes organizaciones sociales el hombre ha fracasado y no ha podido hacer feliz a la humanidad. (P 224)
El hombre ha creado doctrinas, una para cada siglo (dice Eva “olvidándose” un segundo de que “doctrina” es palabra favorita del cóndor), y se apasiona por ellas, le importan más las doctrinas que el hombre y que la humanidad. “Y eso se explica: el hombre no tiene una cuestión
personal con la humanidad como nosotras”. Se pregunta “¿acaso no es nuestro corazón el que debe sufrir las consecuencias de los errores «cerebrales» del hombre?” (P 225). Eva Perón vuelve al tópico de la sensibilidad femenina para marcar una oposición con el discurso masculino, pero adviértase que, al hacerlo, está complejizando su relación (y por ende la de todas las mujeres) con el General que expresaba en pensamiento lo que ella (la mujer peronista) sentía.
Tal vez por ello inmediatamente después vuelve a la tónica de la dependencia partidaria, aquieta las aguas por algunas páginas, para poco después arremeter con un capítulo decisivo para su comprensión de ¿qué es una mujer peronista?: “Las mujeres y la acción”. La mujer, según Eva, vive mejor en acción que en inactividad:
La razón es muy simple: el hombre puede vivir exclusivamente para sí mismo. La mujer, no. (P 237)
Si con Eduarda el sujeto femenino estaba arrojado en “tierra” para trazar el mapa de unos códigos que solo ella podía interpretar, el sujeto femenino de Eva está siempre arrojado a los demás: “La felicidad de la mujer no es su felicidad sino la de otros” (P 237). La naturaleza de la mujer es el servicio, la mujer de acción no triunfa sobre los demás, como el hombre, sino
para los demás. Otro movimiento complejo: si en un punto la noción de un sujeto arrojado a los demás (con su consiguiente vaciamiento) puede parecer un avance, se pierde como tal en tanto para los hombres se mantiene la lógica “egoísta”. La mujer es puro devenir y el hombre puro ser; y en tanto puro devenir la mujer no es, no habla, solo siente: se sirve a alguien, al Ser, y el sujeto femenino solo ha sido vaciado para volcarlo sobre Perón. La mujer debe callar (no ser sujeto) y servir.
Lejos, entonces, de presentar otro modo de sujeto femenino distinto del de la elegancia, Eva Perón ofrece a las mujeres dignidad y protagonismo al precio de callarse. El modelo es “La mujer que no fue elogiada”, cuya silenciosa acción va creando “un poco de pueblo”.
Yo sé que ella, solamente ella, tiene en sus manos el porvenir del pueblo. No será tanto en las escuelas sino en los hogares donde se ha de formar la nueva humanidad que quiere el Justicialismo de Perón. (P 244)
Eva Perón alcanza a advertir cuánto producen las mujeres como “estructura del sentimiento”, el accionar concreto de lo femenino en el silenciado espacio doméstico, y su
peligrosidad. Pero en vez de permitirle hablar, quiere extorsionarlo para que se ponga “al servicio del cóndor”, ofreciéndose a sí misma, pobre gorrión, como el modelo por antonomasia de un “hacer por los demás” subordinado a una discursividad masculina. Llevando la identificación al extremo, hacia el final exclama:
¡Es que me siento verdaderamente madre de mi pueblo! (P 249)
Un párrafo aparte merece la contraposición que Eva realiza casi al final de su libro entre mujer de “vida social”, la mujer elegante, y mujer peronista. Ellas, como las
yankees de Mansilla, son “otra raza de mujeres”. Son egoístas, como los hombres, pero encima no tienen ningún objetivo, están llenas “de apariencias, de pequeñeces, de mediocridades y de mentiras” (P 239). Puro teatro. Al igual que de Europa, de ellas las grasitas no tienen nada que aprender (salvo lo que no debe ser). En vez de someterse al servicio, la mujer elegante se dedica a la “vida social”, dejando el hogar en un lugar secundario. El “Partido Peronista Femenino” está para que las mujeres nunca caigan en semejante “error” / “horror”.
A todas luces es fácil re-pensar ahora para qué fue escrito
La razón de mi vida: para que no vuelvan a existir Evas Perón sino puras “Evitas”. El libro intenta acallar de todas las maneras posibles un itinerario que, sin embargo, deja traslucir: el de una apropiación estratégica de la “vida social” para hacer oír allí esa voz “silenciosa” y distinta, la del espacio doméstico. Eva Duarte, actriz de profesión, excusa su intervención en la cosa pública (como mujer elegante) actuando también de mujer peronista. Instala un nuevo sujeto femenino: la impostora, abriendo el espacio de la elegancia a
las caches, que lo tenían negado. Las mujeres de “origen humilde” y “pasado artístico” también pueden, si fingen, ser mujeres
elegantes (y firmar).